El Desierto

Escribo Desierto con mayúsculas porque es nombre propio, es grande, muy grande, es un espacio que se encuentra desierto, de que, de vida vegetal o animal, debido a pocas o nulas precipitaciones y con temperaturas extremas, esto lo ha convertido en un lugar arenoso y pedregoso. La palabra proviene del latín desertus y está del verbo deserere que significa abandonar, un lugar abandonado. Por eso la vida se ha convertido en pura supervivencia, se  necesita poco para sobrevivir.

              A mi particularmente el desierto me atrae, tiene  un magnetismo,  un algo que lo hace interesante, y es extraño que todavía no haya escrito nada sobre él.

              Andar en bicicleta por el desierto por sus ramblas me gusta y me divierte, esa medio arena que lo hace un sitio difícil de circular, esa inclinación del dos, tres, cuatro o más porciento, que no da la sensación de subir pero lo notas, lo sufres, tienes que darle a la piernas con fuerzas y a todo tu ser, es inexplicable,  y nos preguntamos si le estoy dando a los pedales y  andamos porque vamos tan despacio, no da la sensación de esa inclinación, no la vemos pero está ahí, seguimos dándole a los pedales despacio e intentando guardar el equilibrio que a veces es complicado.

                            El desierto tiene su propia vida, tienes sus animales y plantas, los conejos se nos cruzan por los caminos y en los laterales de los montículos que forman las ramblas también he visto cabras montesas saldando por sitios escarpados y algún que otro zorro. Estos animales se han mimetizado con el terreno han tomando unos tonos parduscos, esos colores indeterminados  del desierto y pasan desapercibidos.

              En cuanto a las plantas hay pitas, matorral bajo, algún cactus, este tipo de arbustos que no necesita agua para sobrevivir que viven con el rocío de la mañana, que no sabemos ni porque viven, que adaptación tan maravillosa de la vida.

              El desierto está vivo, respira, se siente su aliento, nosotros pasamos con nuestras bicis por esas ramblas, que se parecen, que parecen iguales, todas tienen en común, que se han hecho del paso del agua torrencial, en los márgenes se observa, que ha circulado mucha agua y a gran altura. También hay desfiladeros que son como  grutas, que se retuerce en meandros… cómo me gusta las ramblas y el desierto, que sensación de libertad, de vida, de supervivencia. No hay agua, hay poca, el agua es vida y allí se manifiesta en todo su ser, tiene un sentido.

              Me duele mucho todo agua que desperdiciamos en lo que hacemos, desde un simple lavado de manos, tirar de una cisterna, nuestra ducha diaria, toda el agua que se nos escurre por el desagüe, no somos conscientes que parte de nosotros también se escurre por ese desagüe. Somos unos privilegiados, hemos nacido con grifos, abrimos una llave y sale agua, eso es un milagro y no lo vemos,  tenemos a nuestra voluntad el agua, que no tenemos que ir a buscarla a manantiales, ni ríos, que el río pasa por nuestra casa, lo tenemos en la cocina, en los cuartos de baños.  En un futuro será el bien más preciado, será más que la gasolina, la necesitamos para vivir, no valoramos lo que tenemos, ya la echaremos en falta.

              Hay otro tema del desierto que me llama la atención, son los meditadores del desierto, un grupo de personas que se reúnen en el desierto a meditar, a poner sus mentes en orden, a dejarlas reposar en el silencio del desierto.

              “Amigos del desierto” es una red de meditadores, https://www.amigosdeldesierto.org/red/ de origen cristiano, les interesa la experiencia interior del silencio, según la tradición de los Padres y Madres del Desierto, y en particular de los hesicastas. Sus fines son: La práctica y profundización de la meditación u oración contemplativa y la transmisión de este camino de contemplación de inspiración cristiana.

              En mi entender existe un nexo en común  con las practicas yóguicas, la quietud,  el silencio, la respiración, la meditación contemplativa están muy relacionadas. La oración meditativa, es una forma de calmar nuestra mente, cuando nuestras abuelas rezaban el rosario, de alguna forma están cantando mantras e intentando silenciar la mente para entran en un trance meditativo. Ese canto repetitivo, es una plegaria a Dios demandando paz y amor.