Diario del coronavirus XXVI. Una Nochebuena rara.

Una Nochebuena rara por el covid, otra vez, por las circunstancias de esta ola supercontagiosa que no nos está dejando juntar a las familias. Las  reuniones familiares quien las hace, las hacen con miedo, con unos test que no sabemos si son falsos negativos o a saber, que ni con los test podemos estar seguros, en fin, una Nochebuena rara, siempre con las expectativas de pasar un rato agradable, comer, beber y reír.

Cuando creíamos que el coronavirus lo teníamos ya ha superado con las vacunas, resulta que ahora viene una ola más contagiosa y que se contagia parece ser que hasta en los sitios abiertos y en sitios cerrado para que decir. Leyendo un artículo de Bill Gates nos dice que todos vamos a contraer la enfermedad y que en tres o cuatro meses, terminará la pandemia. Una buena y mala noticia, no sé cual es mejor, la mala lleva a la buena.

Tiempo sin escribir, desde el 18 de junio no escribía sobre la pandemia, en este diario, la estamos interiorizando como algo normal. Las manos no tienen ganas de moverse, ni de coger el bolígrafo y la cabeza tampoco tiene ganas de pensar y eso que no paramos de pensar y pensar, ese músculo que no se cansa nunca.

En fin, que después de esperar que llegue la Nochebuena, lo único que puedo decir es que se come más de la cuenta y se pasa en un pis pas, en un momento, en un pequeño lapso de tiempo, que ni me he enterado, las expectativas raramente se cumplen.

Comer y comer y comer más de la cuenta, ah de beber y beber como los peces en el río, claro y las cosas son como son, te acuestas con la barriga llena y caes en la cama como un tronco al que han tirado, un bulto y no paras de soñar pesadillas, y lo digo, porque me han despertado con angustia existencial y la boca como una suela de un zapato viejo, eso que me bebería un litro de agua del tirón si tuviera el valor de levantarme de la cama. Al final, si he tenido esa necesidad de levantarme pero ha sido por otro motivo y ya claro de paso a beber agua, ¡Dios! ¡Qué buena que está! Y se nos olvida.

En estos días es obligatorio comer por comer, pero que no pasa nada, que somos lo que comemos y de vez en cuando hay que darle gusto al cuerpo, que no, que es a la boca. Tenemos todavía metido en nuestros genes esa necesidad de comer por si no hubiera un mañana, que por muy mal que se pongan las cosas para comer vamos a tener aunque sea un plato de macarrones.

Ya levantado he visto la vida de otro color, nublado estaba el día y mi vida no tenía otro color que  ese, el que tenía que ser, un gris sin color. En esta Almería siempre sale el sol para darnos amor y esperanza, fuerza y vida, claro y como no podía ser de otra forma mis dos tazas de té para empezar el día; en vez de leer un poco, me he puesto a escribir estas cuatro letras. Hoy si tenía esa necesidad de escribir, tenía que comunicarme con ese papel que a veces mi ser si quiere escribir, el boli y mi mano fueron una con la hoja en blanco, folios reciclados por supuesto.

Por las mañanas me da pereza hasta encender el ordenador y por eso escribo en el sofá medio tumbado de lado con la letra horrible, que a veces ni yo mismo la entiendo. Apetece escribir lo que pienso, lo que siento es plasmado con un bolígrafo y poder leerlo cuando pase el tiempo, cuando mi ánimo sea otro, y el tiempo haya conseguido que sea otro, incluso otra vida de otras personas, será por eso que me gusta las novelas que son diarios, a veces ficticios y otras reales, en un género literario que me apasiona, y si son reales mejor que mejor.

¡Feliz Navidad!

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