2020

Cuanto más tiempo llevo sin escribir más apático estás, se apodera de ti la desidia, ese monstruo llamado pereza. También, diciembre es un mes complicado, es el mes de la alegría, el mes de las familias, de las comidas, de las bebidas, en fin, de las Navidades.

Reconozco que me gusta comer y beber, como al común de los mortales, también reconozco que después de una comida copiosa, atracón, al día siguiente estoy arrepentido y siempre me digo lo mismo, que no habrá una segunda vez, que me moderaré comiendo, y sí, sí habrá una segunda vez y una tercera y así hasta el infinito, en mi caso, es un estigma con el que tengo que convivir. El propósito de enmienda, de ir aprendiendo con la edad, lo llevo mal, todavía no lo he conseguido y dudo que lo consiga.

Otra de las cosas que pensamos cuando vamos terminando el año, es repasar el año viejo, ese que nos abandona sin piedad, que cosas buenas y malas hemos hecho, no sé por qué, pero pienso más en las malas, será para intentar poner remedio y que no se vuelvan a repetir, error…

Ahora vienen los propósitos de año, ninguna o pocas veces, ahí lo dejo, me he marcado propósitos, ¿para qué? Para no cumplirlos… más bien, intentar hacer las cosas bien y ser feliz y sobre todo hacer feliz a los que me rodean, que ya es difícil, por más veces que lo intentas… es complicado.

Lo que más me gusta de la Navidades es cuando se acaban y se puede empezar a hacer vida normal, y eso no quiere decir que no me gusten, que sí, pero termino un poco, mucho harto.

Vivimos en el mundo de las contrariedades, queremos Navidad, queremos que termine, queremos comer, nos arrepentimos de comer tanto, queremos beber, nos arrepentimos de beber tanto ¿Qué queremos? No lo sabemos y, ¿no sé si lo sabremos algún día? Lo cierto que la vida es así, nos movemos en esa cuerda floja que oscila y bailamos sobre ella y que según se mueve así nos comportamos.

Pero, esa moderación y equilibrio que tanto buscamos o creemos buscar está solo en nuestra mente, la vida es un laberinto de sensaciones, de desequilibrios, esa es la vida, no está tanto en no sentir, que es lo que llevan buscando mis grandes maestros, los yoguis, y que yo también así creía, sino en estar vivo, en sentirse vivo.

Cuando uno está vivo, siente y padece por la cosas buenas y malas que nos ocurren, se nos hiela la sangre, se nos ponen los pelos de punta, se nos coge un nudo en la garganta que se nos clava en el corazón y cometes uno y muchos errores, ¿dónde reside la perfección?, ah que existe, a mí que me lo expliquen.

Tanto tiempo buscando ese equilibrio y resulta que ha tenido que llegar el 2020 para darme cuenta que no existe, que todo es un rollo mental y ahora lo que tenemos que hacer es desequilibrarnos y padecer.

Seguiremos en la búsqueda de esa felicidad ilusoria, será más fácil vivir y de camino si la encontramos mejor y si no a otro tema…